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APACHETA. Economía de Sitio.

  • Foto del escritor: Vania Antonia
    Vania Antonia
  • 5 oct 2016
  • 3 Min. de lectura

Exposición colectiva, Galeria Gabriela Mistral, Santiago, Chile, mayo-junio 2013

Gonzalo Cueto, Jorge Olave, Vania Caro. Curatoría de Rodolfo Andaur.

APACHETA. Instalación.

De esta forma, la apacheta, como ícono volumétrico de enorme importancia espiritual para el mundo andino, se combina en la forma con los jabones que refieren a las múltiples y actuales formas de pasar clorhidrato de cocaína por la frontera norte del país.

La curiosidad y del asombro han sido siempre puntos de partida para gran parte del trabajo visual, mi trabajo en general, pero por sobre todo este, es un proceso que se inicia con el descubrimiento de un lugar, uno con el que no tengo conexión alguna y al que por hechos circunstanciales me veo confrontada. El encontrarme viviendo y experimentando un sitio nuevo y completamente distinto a los conocidos por mí, me permite decodificar ese territorio libre de juicios emocionales y en esta decodificación, es imposible pasar por alto el rol que cumple la pasta

base y su tráfico dentro de la región. Así, puedo percibir que la droga, de cierta manera zonifica la ciudad, la clasifica en varias ciudades en una, la zona de los fumones, la zona libre de fumones, la zona en peligro, la zona riesgosa, la zona de consumidores, quizás hasta adictos, pero con dinero, la zona donde se comercia, etc. Se clasifica la urbanidad en pos de este estímulo.

Cuando se delimitan zonas y personas “peligrosas” y otras “en peligro”, se construye una especie de mapa del delito, detectando riesgos y proponiendo fronteras seguras. La cartografía de la amenaza reorganiza la ciudad. Produce una ciudad fragmentada en zonas seguras e inseguras y la ciudad dividida en zonas implica una zonificación de la vida.

Me encuentro así en un territorio donde en el discurso generalizado el tráfico y el consumo son moralmente enjuiciados, pero donde, paradójicamente, el problema no merece un cuestionamiento de su razón de ser, pues es algo demasiado común.

Así mismo, pero desde un ámbito completamente distinto, el apacheta se erige como este ícono escultórico que delimita zonas “de espiritualidad” en el territorio andino, mismo territorio por donde debe pasar el tráfico de droga. Se trata también de una estructura dinámica, tanto como la comunidad de lo configura, en tanto crecen por el aporte de rocas de los caminantes y su tamaño está directamente relacionado con la transitabilidad de la comunidad cercana. Se ve así una configuración del territorio en pos de su dinámica política, siendo lugares organizados por determinados grupos sociales quienes los dotaron de significación y, a través de los ritos, renuevan permanentemente su vigencia en el tiempo y confirman su necesidad social. En palabras de Sergio González Miranda, sociólogo iquiqueño “Si pudiéramos elegir un icono, que exprese la importancia del territorio para el hombre andino, ese sería la apacheta, que va formándose con el aporte piedra a piedra de cada individuo. Este deja con esa piedra un testimonio personal de su paso por esa ruta y del sacrificio que ello implica, estable­ciendo así un nexo con los caminantes anteriores y con los que vendrán. Es, la apacheta, un lazo de solidaridad y reciprocidad manifestada en el territorio. Es decir, en un aparentemente sencillo cúmulo de piedras se expresan valores sagrados de la cultura andina. La apacheta queda como testimonio de la transformación del territorio en cultura, de su integración a la vida trashumante del hombre andino y del cómo éste habitó el territorio a tra­vés de las rutas que posibilitaron el éxito de su economía vertical.

La apacheta expresa, en esa economía vertical, una frontera en espacios interiores y, como en el mundo andino el espacio (Pacha) es sinónimo de tiempo”

De esta forma, vemos como la apacheta, como demarcador de ruta, pue­de ser leída por el hombre andino, al igual que los geoglifos, en una clara demostración de que el espacio se asemeja a un texto, pues está cargado de mensajes.

Lo que el tráfico de droga hace en cuanto a la delimitación de la territorialidad, y la organización del espacio espiritual aimara, son dos concepciones difícilmente conjugables, como prácticamente todo en el norte de Chile, un territorio cargado por las contradicciones y la convivencia casi forzada entre distintos mundos; el aimara, el militar, el minero, y el de la droga, sin embargo se combinan en el momento en que deben coexistir en un mismo sitio geográfico.

Registro exposición. Gonzalo Cueto


 
 
 

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