Espacio público-Espacio político
- Vania Antonia
- 4 oct 2016
- 9 Min. de lectura
"El arte no puede ser un monólogo, contrariamente a la presunción actual, si hay una persona que no tiene derecho a la soledad, ese es el artista".
(Albert Camus)
Espacio público» bien podría ser un concepto en crisis por estos tiempos, más aún si pensamos que la validación del mismo está determinada por la anulación de dicha validez. Pero si tenemos este espacio sólo en la medida de su recuperación o reconstrucción, quizás debiéramos dejar de pensarlo como un cuerpo en sí mismo, y nivelar la abstracción hacia los factores que lo constituyen, así, comprendemos que el diálogo existente entre los conceptos de ciudadanía y espacio público parecen erigirse sobre la ambigüedad, el sentido por naturaleza político del primero nos sugiere participación, instaurando así al ciudadano y ciudadana como sujetos activos, columna vertebral de una sociedad cívica, sin embargo, el ejercicio natural que validaría esta función se ve coartado por una estructura representativa y acrítica, donde el rol de la ciudadanía se minimiza hasta el punto evidente de presentarla como un cronograma estricta y convenientemente regulado por derechos y deberes tímidamente «mencionados», como estatutos ajenos a su sentido real. De esta forma, el espacio público, parte inherente de la ciudadanía, puesto que es el lugar natural de la acción y la comunicación, se le presenta a ésta como un espacio negado, invalidando así el mismo medio por el cuál puede realizarse; enmudeciéndola. Entendiendo que la ciudadanía es un derecho a ejercer y no un estatuto, no podemos acercarnos a ella obviando el poder como un aspecto imprescindible de su ejercicio, pues mediante la identidad colectiva, la pertenencia a una comunidad, nos conformamos como seres políticos, teniendo así la intrínseca facultad de dar o quitar legitimidad a los procesos culturales, económicos y sociales, siendo ésta comunidad el espacio donde las particularidades pasen a ser más importantes que los individualismos, valorándose las singularidades dentro y no en contra de la masividad, pasando a posicionarse la persona como núcleo de referencia de los procesos colectivos. En definitiva, anteponiendo una postura contraria al modelo y afán de él procedente de homogenizar a la comunidad. .- «Legitimidad», bien podría ser, entonces, la receta prometida en estos casos (si es que tuviéramos la ilusión de una), más aún cuando hablamos de la invalidación de manifestaciones y procesos artísticos como evidencia de una cultura apaciguada y prudente. Durante el verano recién pasado, la alcaldesa del municipio de Concepción, Jacqueline Van Rysselberghe, aborta arbitrariamente el proceso de diálogo previo al montaje de una intervención artística, al negar el permiso municipal para dicho proyecto visual, el que, paradójicamente, dentro de sus fundamentos se refería a las fronteras en las concepciones de lo público y lo privado. Casi por ironía, este sólo acto, que en su objetivo la desligaría de una discusión de “tono moral”, no hace otra cosa que introducirla, como figura representativa de un poder tecnocrático, en otra aún más acorde a nuestro tema de interés. De esta forma, con un «incidente» burdo, que roza en lo irrisorio, vemos enfrentada la autonomía ciudadana contra una institución que, debiendo representar nuestros intereses en su principio de servicio público (y aquí está otra vez la crisis del concepto) no hace otra cosa que manifestar su poder en una estructura ideológica basada en la contención social. Estos dos poderes, que en definición son el mismo, sólo que con él unos someten, se ven normados por un esqueleto social arbitrario y autoritario, bajo el cual reinan lo obvio y las «pinceladas» sobre las problemáticas reales a las que nos enfrentamos. Nos vemos sometidos a modelos institucionales que, basados en el desarrollo de productos, hacen eco a valores e ideales patriarcales estereotípicos que han sido asumidos por nuestra cultura introduciéndose hasta en la más mínima experiencia. Probablemente lo más triste de todo esto es que no nos sorprenda. Abusos como el mencionado han pasado, bajo la mirada impotente, a formar parte de la normalidad, abortando cualquier posible ejercicio de comunicación. No se trata sólo de la negación del derecho a manifestar, sino de la negación del derecho que tiene la población al acceso a participar de estas manifestaciones, coartando la comunicación entre estos distintos agentes en el proceso creativo. Pero esta observación nos lleva a otro problema; en caso que defendamos el derecho de la “comunidad” a ser partícipes como espectadores activos, (aún cuando, a mi parecer, no existen los espectadores pasivos, puesto que con la sola interpretación hacen uso de su voz y conocimiento) de cualquier proceso artístico, comunicativo o político nos podría dejar literalmente hablando solos, pues la respuesta a esta defensa, por parte de los “defendidos” podría llegar a ser incluso nula, ahora bien, ¿por qué pasa esto? Es probable que la costumbre haga la normalidad (premisa que por obvia, está siempre al borde de ser olvidada). Si no existe una educación empírica, es casi imposible que los códigos de interpretación y lectura del espectador hacia estas manifestaciones lleven al entendimiento entre estas dos partes, y por consecuencia a una reacción social, que ya dentro de un proceso, podría conducirnos a una defensa del arte por parte de la sociedad. Podríamos presumir también que una de las razones para este fenómeno de indiferencia, y en muchos casos rechazo hacia las manifestaciones artísticas, se debe al acondicionamiento al que somos conducidos por esta estructura de conciliación permanente, que nos llevaría a reaccionar negativamente ante todo aquello que nos saca de la cómoda normalidad. Una situación que, deviniendo de un proceso político del país, basado en la violencia (tanto activa como pasiva) nos mantiene aún en un estado de alarma frente a cualquier indicio de discusión; aún se entiende el concepto de “crisis” como algo negativo. Esto, viéndonos envueltos en una sociedad sistemáticamente represiva, nos hace aprehender cualquier concepción de cambio y movimiento como un paso más hacia la decadencia, sin comprender que es ésta misma la que lleva a las sociedades a la evolución. Así, la negación de oportunidades, la subestimación del posible entendimiento del espectador hacia una acción que deviene del arte, el continuo y permanente impulso de sesgar las manifestaciones artísticas y los procesos intelectuales que acompañan, el coartar las posibilidades de organización, encuentro y diálogo entre distintos agentes sociales terminan siendo de una increíble violencia, que no hace más que llevar al miedo, a la impotencia, y por tanto, a más violencia. No es necesario saber el número exacto de permisos municipales negados bajo justificaciones similares para comprender que permanecemos en la continuidad de una estructura de ordenamiento social contraria al respeto por los derechos civiles, sobre todo en materia de soberanía intelectual; nos siguen diciendo lo que podemos y no podemos ver. La pregunta que llega a nosotros es ¿de qué forma logramos ejercer el poder popular que nos corresponde para dar y darnos validez? Por estos días ya vemos con más frecuencia cómo numerosas organizaciones a nivel local empiezan a luchar por sus necesidades, contraponiéndose a una cada vez más terrible sociedad neoliberal, un modelo de opresión económica y descabezamiento de cualquier indicio de autonomía que ya lleva acumulados a su haber, y sólo hablando de Chile, desastres ecológicos, privatizaciones de recursos ambientales y culturales, fraudulentos planes urbanísticos, entre una larga lista, desastres de los que, digamos a modo de anécdota, ya se sabía incluso antes de que estallaran, debido a que en todos los países que alguna vez implementaron el mismo plan económico, éste ya hace años se habría descartado, quedando obsoleto. De esta forma, y volviendo a la consecuencia, nos encontramos con un proceso claro de lo que algunos entendidos llaman “glocalización”, en que las micro-orgánicas políticas comienzan a ejercer su poder entrelazándose unas con otras (así como los problemas se entrelazan también) comprendiéndose así que una estructura de beneficencia como la que propone el Estado para apalear los conflictos, basada en un estado de necesidad que sólo ataca los síntomas y atenúa la discusión «ayudando» individualmente a los afectados y, por ende, disolviendo cualquier organización, ya no es totalmente creíble por los ciudadanos. Las pequeñas orgánicas se sustentan, entonces, sobre un denominado estado de derecho, descubriendo y desenterrando las bases de los problemas, entendiéndose a sí mismos como sujetos sociales activos y creando lazos en redes casi subterráneas, sobre las cuales el derecho y deber a la discusión se empiezan a comprender, aunque lentamente, con más claridad. Así, discutiendo, se entrelazan y expanden múltiples redes horizontales, en todas direcciones, llegando a vislumbrar el modelo político que Gilles Deleuze y Félix Guattari propondrían alguna vez en analogía con un rizoma (término botánico atribuido a una base subterránea de un sólo tejido entre múltiples raíces conformantes de un sólo ser vivo). Bajo esta premisa, atribuimos a estas redes sociales una estructura de conocimiento que no se deriva por primeros principios, sino que se va elaborando desde todos los focos gracias a distintas observaciones y subjetividades. La organización rizomática del conocimiento sería, así, un método para ejercer la resistencia contra un modelo jerárquico de estructura opresiva. El entorno queda entendido como una integración total de factores, un constructo social donde el arte pasa a configurarse como posibilidad en un esquema de conexiones donde todos van generando un mismo movimiento, pero en todas direcciones, siendo el poder no un fenómeno de dominación masiva y homogénea de un individuo sobre los otros, ni algo dividido entre quienes lo poseen y quienes no lo tienen y lo soportan, sino una transversal y polidireccional cadena de acciones que no está quieta en los individuos. Un estado de revolución pasaría a significar la asimilación, por medio de este rizoma, del espacio que nos hace activos; una toma de consciencia del rol e injerencia que nos convierte en motores de una sociedad, con la posibilidad plena de una autonomía válida sólo en la medida de nuestro convencimiento. Las prácticas artísticas adquieren un rol aún más complejo en este contexto, la banalidad del espacio público contemporáneo podría ser perfectamente contraatacada por ellas, pero siempre requiriendo de desiciones conscientes y explícitas; nos referimos a un espacio de infinitas acciones irrepetibles donde el valor del diálogo y el relato histórico van en favor de enriquecer la práctica de la comunicación. Así como el manejo de información, el dominio urbano bien podría ser una de las dimensiones más determinantes dentro de una actividad crítica artística. Desde esta prospección, esta estructura horizontal y participativa del conocimiento colectivo se vería presentada también en esta red de prácticas artísticas como modos de socialización y organización, como una serie de resistencias activas dentro de lo que cabría llamar la "proyección social" del arte. Hay, en la historia del arte, un cambio que se repliega desde el seno de la creatividad, variando desde lo individual autónomo y de contenido propio hacia una nueva clase de estructura de diálogo que no es un producto individual sino el resultado de un proceso de colaboración interdependiente. Así, por ejemplo, Joseph Beuys propondría una concepción del “artista” ligada esencialmente a su naturaleza como ente social integrado a la sociedad, quebrando el paradigma que situaba a este “ser” como un personaje ajeno a la realidad concreta y corriente, una persona que se ubicaba desde su intelectualidad en una esfera distinta a la del común de las personas, incidiendo así en la sociedad también desde afuera, en una relación comunicativa (si cabe el concepto) más cercana al monólogo que al diálogo, ampliando, de esta forma, el concepto tradicional del arte al de un «arte antropológico» que parte del ser humano y que abarca todas sus manifestaciones. Para Beuys, la existencia humana y el mundo son una «obra» en cuya elaboración todo ser humano participa. Ahora bien, me parece necesario concretar aún más esta premisa, manifestando que se puede incidir en y desde el arte en términos sociales, no sólo referente a propósitos y procesos sociales, sino inmerso en éstos. El modelo preponderante en nuestra sociedad no nos deja validar otras opciones que no sean la de caracterizar, ver y comprender al arte como un conjunto de especializaciones que sólo sirven para ser contemplados, adaptándose, acoplándose y mimetizándose con el entorno, en la “libre” posibilidad de expresar siempre y cuando, no moleste a nadie. El arte se definió, en la era moderna, por su autonomía y autosuficiencia, características que lo aislaban del resto de la sociedad, lo que se ve de manifiesto aún, al comprobar que se nos ha enseñado a experimentar el Yo como privado, subjetivo, separado de otros y del mundo, sin la posibilidad remota de dar lugar al Otro y, así, descentralizar ese Yo egoísta, aún cuando es, por el contrario, el dar a cada persona una voz lo que crea comunidad y hace al arte socialmente responsable. Esta confrontación que se abre ante nosotros, ya desde tiempos remotos, es producto de paradigmas históricamente lejanos (difícil saber su origen) que dentro de una estructura de conocimiento social, oponen a la sociedad y al individuo como dos categorías excluyentes entre sí. Ante esto, podríamos incluso demostrar que, por el contrario, debe ser el individuo la base de la sociedad, quedando ésta como una interrelación en permanente movimiento construida, como decíamos anteriormente, a partir de las múltiples subjetividades. Ahora bien, este texto comenzó con el concepto ya tan complejo de “espacio público”; si damos por entendido que la sociedad se conforma en base y no en torno a acciones, experiencias y visiones de mundo múltiples y por naturaleza muchas veces opuestas entre sí, el espacio público, como un territorio político de acción (tanto intelectual como física) debiera entenderse también como un espacio de conflicto, vital para cualquier movimiento y por ende evolución social, y no como un espacio de conciliación y mimesis. Esta noción de individualismo ha estructurado tan completamente la identidad artística que se hace un trabajo muy arduo el siquiera pensar en un arte que se relacione en igualdad de condiciones con el resto de las realidades y subjetividades partícipes en una sociedad. De esta forma el arte (hoy) no habla de arte, sino que se usa como evidenciador de realidad, negando desde un principio la condición de “realidad” y subjetividad de éste mismo. Quizás eso sigue deviniendo del mismo problema al que se contrapone; si por un lado se le ve como enajenador de realidad, por otro la desvela o denuncia, pero siempre desde lo ajeno.
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