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Apreciaciones Sobre Escultura Pública

  • Foto del escritor: Vania Antonia
    Vania Antonia
  • 7 may 2012
  • 4 Min. de lectura

Revista de Arte Sonares

Por Vania Caro Melo

Escultora

Concepción/Alto Hospicio-Chile

“El espectáculo, por requerir la pasividad de la contemplación, es lo contrario del diálogo”. Guy Debord “La sociedad del espectáculo” Pienso en esta afirmación mientras camino por las calles de Alto Hospicio, buscando el lugar idóneo para instalar mis próximas esculturas. Mi eterna búsqueda es el diálogo, y aunque sé que desde hace tiempo el arte dejó de definirse, en su ejercicio, como una instancia de contemplación pasiva, me parece que el espacio público como soporte de obras de arte sigue manteniéndose como un elemento muchas veces inmutable, como un soporte de regulación urbanística cerrada a la participación colectiva, en donde el artista debe “acomodar” su producción, la mayoría de las veces sin siquiera precisar de la venia de los habitantes de ese lugar y en casi la totalidad de los casos sin saber con certeza el destino o bien sin participar en la lectura urbanística que tendrá esta obra más tarde. Qué mejor ejemplo que la entrada a esta peculiar y compleja comuna, en donde primero un rígido Cristo nos abre los brazos para después presentarnos, paradójicamente, un extraño avión de guerra, con piloto y todo, que más bien pareciera sacado de un juego para niños que súbitamente creció.

Reafirmo este supuesto, al encontrarme en el camino con más de una de aquellas esculturas, más cercanas al monumento, que curiosamente en este lugar, o han tratado de inmortalizar próceres de guerra, o temáticas religiosas (como el avión y el Cristo). Eso sí, ya no se trata de grandes e imponentes monumentos, sino que hay, al parecer cierta intencionalidad para ser más “cercano” a la ciudad actual (ya no se encuentran sobre altos podios sino que más similares a la altura de cualquier mortal) Es en este contexto donde se establece el conflicto del arte hoy, donde se necesitan modos de efectuar prácticas artísticas que fuercen al espectador a detenerse y a reflexionar. De ahí que la escultura (sin intención de plantearla como una disciplina desligada del resto de las prácticas artísticas), por los elementos matéricos y dimensionales que la componen, se puede plantear como un campo de acción de mayor impacto hacia el espacio que habita. La problemática de la urbanidad y la ciudadanía, además, nos llevan a reflexionar sobre el espacio que tiene el arte contemporáneo dentro de la urbe, y cómo se puede erigir como un ejercicio de generación de comunidad, debido a la necesidad política de su origen. Al hablar de ciudad, hablo de espacios como aquel referido al tránsito permanente donde el individuo no habita, sino que sólo transita eternamente, imposibilitando o limitando la oportunidad de generar lazos afectivos y dialógicos con el resto de sus coterráneos. De esta forma, los ciudadanos y ciudadanas se convierten en meros elementos azarosos, se conforman y se deshacen. Se genera así, un discurso artístico que nos permite ver la escultura pública ya no como un elemento funcional o de acompañamiento (de la arquitectura primordialmente) sino que con un rol autónomo. Se describe al arte público, ya no como un ornamento sino como aquella propuesta u ejercicio que involucra lo público desde la ciudadanía, desde las individualidades y los conflictos de las personas que la conforman, entendiéndolo ya no como un territorio de conciliación y ordenamiento, en el que la homogenización sea la fórmula para evitar cualquier crisis, sino como un sitio transparente en sus conflictos, sus necesidades y sus procesos de crecimiento y desarme. Es en este cuestionamiento, de aquel lugar que no llegamos a habitar, pero que sin embargo está con nosotros durante todo nuestro recorrido que me veo abordada también por otra pregunta, referida a cuál es nuestra relación con este territorio, cómo lo hacemos nuestro o cómo lo hacemos ajeno. El ejercicio de “Escenas”, el proyecto en el que trabajo, y para el que busco ubicación en este recorrido, ciertamente no me representa una respuesta a estos cuestionamientos, pero si una oportunidad de seguir cuestionando, y por lo tanto mantenerme trabajando. Este ejercicio escultórico tiene como forma, la instalación de una serie de “personajes”, manufacturados en papel y tela, en el espacio público, pretendiendo generar una activación de este mismo, un juego en el que la reacción post emplazamiento del personaje-muñeco transforme dicho entorno en una escena, la que a su vez pasa a ser la escultura final. En este caso, la escultura no sólo utiliza el espacio público para su realización, sino que se alimenta de este para conformarse como tal, aquí, la escultura no es sin el espacio que recibe e interactúa con el objeto escultórico. La fugacidad de estas intervenciones, me permiten a su vez alejarme del acto de imponer la escultura en el espacio, favoreciendo un ejercicio sutil que se inserta en el cotidiano de la calle, sin cambiar su estructura, pero sí su rutina. Pienso en esto y me parece haber encontrado un lugar para alguna de las instalaciones que conforman “Escenas”, un lugar común de aquellos que recorremos todos los días, muchas veces sin ni siquiera detenernos a observar. Ahora sólo queda seguir trabajando.


 
 
 

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